ADICCIÓN POR LOS VIDEOJUEGOS
*Centro Psicológico Cepsim (Madrid):
Hasta hace muy pocos años la adicción a internet, redes sociales y a los videojuegos no era visto como un problema a tratar, pero en la actualidad, se ha tomado consciencia de los problemas de dependencia a las nuevas tecnologías, siendo cada vez más personas que lo sufren pasando horas y horas enganchados. El sujeto suele utilizar los videojuegos o internet para tapar algún tipo de malestar: un vacío que siente, angustia, ansiedad, sentimiento de soledad. Suele ocultar otras veces problemas relacionales: dificultades para hacer amistades, tener una relación, etc.
*La OMS hace oficial la adicción a los videojuegos como trastorno mental. De acuerdo a su descripción, la adicción a los videojuegos lleva a un «incremento del deseo de jugar y del grado de prioridad que se le da a jugar en relación a otros intereses y actividades diarias».
HISTORIAL
Cuando tenía siete años iba a visitar a mis tíos, en las vacaciones, y mis primos me invitaban a jugar videojuegos. Al principio, sólo los veía jugar porque no había muchos controles. Mi madre me pedía que no pasara mucho tiempo con ellos y que conviviera con la familia, pero yo sólo quería estar con mis primos, alejada de los demás.
A los diez años nos cambiamos de casa y nos fuimos a vivir con ellos. Desde los primeros días, mi primo mayor me preguntaba si ya había comido y terminado la tarea para que jugara con él. Al principio me apuraba con mis deberes, pero después, era tanto mi deseo por jugar que mentía; dejé de comer o me comía los alimentos fríos y no hacía la tarea, escondía los trastes sucios o los rompía para que mis padres no se enojaran cuando me veían jugar.
Tiempo después, mis papás le compraron un videojuego sencillo a mi hermana. En vacaciones me levantaba temprano porque quería ganarle el juego, así que no desayunaba con tal de ser la primera; eso me trajo gastritis y colitis a los doce años. Ante esa situación, mis padres me prohibieron el juego, lo escondieron y comencé a distraerme con otras actividades.
A los dieciséis años dejé de estudiar porque caí en una terrible depresión, en un fondo emocional y me levantaba a los 12:00 o 13:00 h. Tenía problemas e ideas suicidas. Mis tías lo notaron y me invitaron a pasar tiempo con ellas, pero ahí, en su casa, mis primos me enseñaron un videojuego de moda y cómo jugarlo.
Mi vida tuvo sentido de nuevo. Empezamos jugando dos o tres horas, después fueron seis u ocho horas, pero no era suficiente; la ansiedad por el videojuego era más importante que mi familia y mi vida. Mis padres no se deban cuenta si comía o no, así que no comer o tirar la comida era parte de la rutina, eso evitaba ensuciar trastes y menos aseo.
Pero el tiempo para jugar seguía siendo insuficiente: me levantaba a las dos de la tarde y me dormía a las cinco o seis de la mañana; dejé de bañarme y, si lo hacía, no me cambiaba de ropa; tampoco me cepillaba los dientes por la necesidad de jugar. En cuanto pausábamos el juego sentía un dolor de cabeza, me sudaban las manos y el cuerpo; cuando me iba a acostar para dormir no tenía sueño, con ojos abiertos o cerrados veía el juego, todo el tiempo soñaba con el juego, a veces eran pesadillas. Mi padre tenía un rifle y cuando no había nadie lo tocaba y fantaseaba con utilizarlo al igual que en el juego. Mi mente sólo se concentraba en una cosa… ¡Necesito jugar! ¡Quiero jugar!
En ocasiones, cuando mi familia no se quedaba a dormir en la casa, llegué a jugar veintiséis horas seguidas, sin dormir ni comer, sólo iba al baño cuando era muy necesario. Desprenderme del juego era doloroso. Cuando no podía jugar el sueño me dominaba, dormía al mismo tiempo que jugaba.
Estar tanto tiempo pegada al televisor me trajo problemas de salud, de nuevo gastritis, colitis, dolores de cabeza, infecciones urinarias, vista borrosa y aumenté 16 kilos.
Mis padres notaron mi problema y me prohibieron jugar, tenía discusiones fuertes con ellos, les decía que no me entendían, que los odiaba; me daba mucho coraje, pero aun así me escapaba para ir a jugar.
A los pocos meses entré al bachillerato y mis compañeros mencionaron que iban al PUMP, no entendía de qué hablaban hasta que me llevaron, era una sala de videojuegos. Ellos acudían todos los días, durante el recreo y en horas libres; pero después, saliendo de clases.
Una ocasión, el tiempo se fue tan rápido que no me fijé que había oscurecido, eran las 21:00 h y me había gastado todo el dinero; no desayuné ni comí, hasta el dinero de mi pasaje gasté. Una de mis compañeras me prestó dinero para regresar a mi casa, pero al llegar, fue tanto mi miedo al regaño de mis padres por decir la verdad que preferí mentir e inventé que había tenido un trabajo en equipo. Me hice la víctima y les dije que el dinero lo había gastado en material, y que lo que me habían dado fue insuficiente.
Mis padres comenzaron a darme más dinero y todo lo gastaba en el juego. Algunas clases dejaron de ser importantes para mí y faltaba a ellas por ir a jugar. Hasta que vino el segundo fondo emocional, tan fuerte que me dio mucho miedo salir de mi casa, ni por ir a los videojuegos.
Así llegué al Movimiento Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos. Estando en la terapia de la agrupación, el miedo por salir desapareció. Ahora me cuidan para que no deje de comer, a pesar de que hay días que tengo ganas de no alimentarme. El día de hoy aún me llevo con unas compañeras que juegan, pero cuando salimos, sólo vamos a tomar café o al cine. Y Cuando la idea de jugar es muy fuerte, la comento y me siento tranquila.
