DEVALUACIÓN

  • La Organización Mundial de la Salud considera que una de cada cuatro personas entre 7 y 17 años tiene baja autoestima y reconocen sufrir síntomas de estrés postraumático, ansiedad y depresión, según una encuesta realizada a 25,000 estudiantes. Más de la mitad de ellos (51%) dice tener muy pocas personas de confianza. El 32% afirma que, a veces piensa que “soy malo o que no tengo remedio”. Un 28% dice “no me gusta como soy”. Un 23% asegura que “si volviera a nacer, me gustaría ser diferente de cómo soy”. Un 20% considera “soy más débil que los otros”.
  • María Dolores Mas.Psicóloga en Barcelona con Nº Colegiada 17222. Sus especialidades son la ansiedad, la depresión y el TDAH

Constantemente nuestra autoestima se ve afectada por las experiencias y exigencias que recibimos del mundo exterior. La sociedad exige que sigamos pautas de comportamiento estándar o sistemas de elección y decisión parecidas o iguales que los de la mayoría. Y si no cumplimos los requisitos exigidos, nuestra autoestima, aunque positiva, puede verse mermada.  Una baja autoestima también puede llevar a una persona a sentirse poco valorada y, en razón de eso, a estar siempre comparándose con los demás, subrayando las virtudes y las capacidades de los demás. Es posible que les vea como seres superiores y sienta que jamás llegará a rendir como ellos. Esta postura le puede llevar a no tener objetivos, a no ver sentido en nada, y a convencerse de que es incapaz de lograr cualquier cosa que se proponga.


HISTORIAL


Desde mi niñez me sentí fea y gorda, y por lo tanto, ningún chavo se iba a fijar en mí, creía que ellos preferían a las niñas y a las chavas delgadas, que olían rico y tenían dinero. Pensaba que las personas con dinero, ropa de marca, tarjetas de banco y carros lujosos valían más que yo. Intenté ser como ellas para poder encajar en su mundo, mas no lo logré.

Nunca me gustó platicar que de niña vivía en un pueblo; esa parte de mi vida siempre la quise ocultar porque me daba mucha vergüenza, me hacía sentir menos que los demás. Imaginaba que cuando se enteraran iban a decir que yo era pobre, ignorante y de pueblo: me ponía mal. A mí me daba miedo entrar a las tiendas caras, sólo lograba hacerlo si iba bien arreglada, así me sentía gente, que sólo valía con un pantalón o una blusa caros, zapatos de marca y, sin embargo, dentro de mí había la sensación de no valer tanto, me sentía cucaracha. Jamás me atreví a entrar a un hotel de cinco estrellas, pensaba que sólo podría hacerlo si iba vestida con ropa y zapatos de tantos miles y, pensándolo bien, ni eso me hacía sentir otra persona.


Cuando estaba ante un espejo me decía: “Mírate, tú estás gorda, prieta, tienes greñas tiesas, cabello de estropajo, nariz de jícama, pies de tamal, orejas horribles como de buda”. Nunca me gustó nada de mi persona, creía que si yo hubiera sido delgada y rica sería feliz.

En la preparatoria sentía que querían más a otras personas por su aspecto físico, su dinero, su forma de ser, y que quienes se drogaban estaban en onda, eran chidas; así que empecé a hacerlo para sentirme grande, que vieran y dijeran que yo era buena onda. Cuando empecé a drogarme y a emborracharme sentía mucha felicidad, me miraba al espejo y me veía bonita, hermosa, muy contenta, se me quitaba el miedo para hacer chistes, me relajaba para bailar, reír o cantar; me percibía en mi máximo esplendor.


Cualquier tipo que se acercaba a mí sentía que le gustaba, sólo porque me invitaba una cerveza o un trago, ya que pensaba que ni eso valía mi persona; pero el tomarlos provocaba que terminara teniendo relaciones sexuales con quien fuera, aunque sólo me quisieran para un rato, pero para mí era suficiente, porque en esos momentos me decían que estaba bonita, que me querían, que les gustaba: eso me endulzaba el oído. Aunque después me sentía peor, con miedos, vacía, sola, sintiendo que nunca iba a poder tener el lugar de la novia, a la que le llevaban flores, invitaban al cine, a pasear o a la que le regalaran un muñeco de peluche, porque sólo las bonitas y delgadas tenían ese derecho.


El día en que un chavo me pidió que fuera su novia lo acepté de inmediato, porque nadie antes me lo había pedido, a pesar de que él no me gustaba. Cuando me regalaba cosas no lo podía creer y pensaba: “Este chavo está ciego, ¿qué no ve que estoy tan fea?” Cuando me dijo que me amaba sentí que era mi todo, que no había algo mejor en la vida y me aterraba la idea de perderlo, porque sentía que no iba a encontrar a otra persona que se atreviera a pedirme que fuera su novia. A veces le quería preguntar si no le daba vergüenza que lo vieran conmigo.


Durante nuestra relación me la pasé reprochándole eso y lo celé, él me decía: “Estoy contigo porque me gustas, así te quiero, si quisiera a otras estaría con ellas no contigo; ya, por favor, te amo”, pero yo sentía que no era cierto, que si se le presentaba una oportunidad me dejaría por otra persona bonita y buena. También permití muchas cosas por sentirme poca cosa, y para no perderlo dejé que me insultara, que me celara y me preguntara con quién lo engañaba; varias veces salí llorando a buscarlo a media noche, a otra ciudad, con miedo de perderlo si no hacía lo que él quería.


La relación fue empeorando cada vez más, hasta llegar a los golpes, gritos y peleas en la calle, enfrente de sus papás. El día que me dejó dijo que estaba harto, sentí que me moría, que se acababa el mundo, no me veía en un futuro sin él. Al siguiente día llegué al Movimiento Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos. Hoy me siento bien, con la terapia he podido aceptarme y retomar mi vida de trabajo; acabo de hacer un examen para entrar a estudiar una carrera, me siento bonita, me agrada como me veo.