Conocí el grupo porque me costaba mucho trabajo relacionarme con las personas, incluso con mi familia.
Se me dificultaba mucho poner atención en clase. Cuando estaba en la primaria, siempre tuve miedo de reprobar; por más que me sentaba adelante, no lograba concentrarme. Me pasaba el tiempo mirando por la ventana o pendiente de que alguien fuera al baño para poder acompañarlo, ya que me daba pavor ir sola. Incluso si había alguien más allí, no podía hacer mis necesidades con confianza; sentía que me dejarían encerrada.
Cada amanecer era un sufrimiento porque no quería ir a la escuela; no quería que se dieran cuenta de que no sabía nada.
En la secundaria, el miedo aumentó. Nunca quise estudiar; temía equivocarme de salón y que se burlaran de mí, pues no se me grababa nada de la clase. Tuve problemas con los maestros (a dos de ellos quise golpearlos) y constantemente citaban a mi mamá porque contestaba de forma agresiva o amenazaba a mis compañeras. Hacía todo esto para «quedar bien» con mis amigos y que me aceptaran. No quería ser así, pero prefería eso a que me llamaran «burra».
Finalmente, abandoné la escuela porque me distraía con gran facilidad. Al poco tiempo llegué a la Casa Hogar del Movimiento Buena Voluntad, pues ya me era imposible convivir incluso con mi familia; los miedos y el enojo se habían incrementado.
Hoy, gracias a la terapia de Neuróticos Anónimos, puedo convivir tranquilamente con la gente que me rodea. He logrado hacer cosas que, debido a mis miedos, pensé que jamás podría realizar.
